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A mediados del siglo X,
los ciudadanos de
Coventry, en Inglaterra,
vivían abrumados por los
impuestos que les exigía
el conde Leofric. Cuenta
la leyenda que la esposa
de éste, lady Godiva,
suplicó a su marido que
suavizara las rentas.
Leofric respondió en
tono de burla que sólo
cedería si ella cruzaba
la ciudad desnuda y
montada a caballo. Así
lo hizo, pidiendo a los
habitantes que cerraran
las ventanas a su paso.
En Coventry se erige hoy
una estatua de bronce
con la imagen de su
salvadora.

Durante la Edad Media
existía en España un
curioso ritual para
adoptar niños. El padre
hacía pasar a la
criatura por la manga de
una camisa muy holgada,
tejida especialmente
para la ocasión. Luego,
la tomaba en brazos y
con un beso en la frente
confirmaba la adopción.
La expresión "meterse en
camisa de once varas"
tiene su origen en esta
costumbre pues existía
no poco riesgo de errar
con la adopción y
buscarse problemas.

Uno de los propósitos
más firmes del gobierno
japonés de Taro Katsura
a principios del siglo
XX fue reprimir el
movimiento socialista y
erradicar cualquier
pensamiento afín. Para
ello, llegó incluso a
prohibir el libro
Sociedad de insectos,
porque en su título,
incluía la palabra
sociedad.

Ludovico
Sforza el Moro, duque de
Milán , fue un poderoso
señor del Renacimiento
italiano. Este hombre
era muy desconfiado y
temeroso con todos los
miembros de la corte,
sobre todo desde que
mandó estrangular a un
distinguido ciudadano de
Cremona por haber
levantado la voz contra
sus abusivos impuestos.
Por precaución, Ludovico
mantuvo alejada a la
gente en las audiencias
por medio de una barra
muy larga, de modo que
había que gritar para
poder hablar con él.

En el siglo XVII los
bucaneros de los mares
americanos se unieron en
la Confederación de los
hermanos de la Costa. Lo
más sonado de esta
agrupación eran las
indemnizaciones a los
lisiados en acto de
guerra. En función de la
importancia del miembro
perdido, los afectados
tenían derecho a unos
cientos de pesos o, en
su defecto, a algunos
esclavos. Lo curioso es
que a inicios de la
industrialización, el
valor monetario de esos
pagos serviría de base
para calcular las
indemnizaciones a los
operarios heridos por
las máquinas.

Entre las clases
adineradas y la nobleza
del siglo XVII español
se hizo muy famosa una
prenda femenina
consistente en una
estructura de varillas y
aros cubierta por una
enagua que daba un
aspecto acampanado a la
figura de la mujer. Este
artilugio era conocido
como guardainfante,
nombre que por sí solo
da la medida de su mala
fama. Muchos moralistas
de la época cargaron
contra esta prenda
porque en su interior
las damas podían ocultar
fácilmente a un hombre
en momentos de apuro y
se prestaba al
adulterio. No se sabe si
fueron las diatribas de
estos moralistas o la
propia incomodidad del
invento lo que acabó con
esta moda.

A partir del siglo XI
circuló en Europa la
noticia de la existencia
de un reino gobernado
por un monarca cristiano
situado más allá de los
dominios musulmanes. A
este soberano se le
denominó el Preste Juan,
pero nadie sabía si su
territorio se hallaba en
China, Irán o Etiopía.
En 1145 el papa Eugenio
III envió una carta a
los armenios, pues le
habían dicho que por
allí quedaba el reino
del Preste Juan, pero no
obtuvo respuesta. La
leyenda dice que este
monarca descendía de uno
de los reyes magos y
gobernaba cien tribus
desde su trono de
esmeraldas.

En Roma, el nomenclator
era un siervo que
acompañaba a su señor a
los foros públicos para
recordarle el nombre de
los ciudadanos que se
presentaban ante él.
Según Plutarco, el sabio
Catón el Menor fue
enormemente respetado
por prescindir de este
profesional. Muy pocos
podían presumir de
conocer el nombre de
tantos compatriotas.

La ciudad griega de
Esparta fue conocida en
la antigüedad por unas
leyes que imponían a sus
ciudadanos severas
condiciones de vida.
Según la tradición, el
mítico inspirador de
estas costumbres
Licurgo, peleó duro para
implantarlas. Para ello
propuso un período de
prueba tras el cual la
ciudad podía abolir
todas sus propuestas si
así lo deseaba, pero
nunca antes del día
siguiente de su retorno.
Entonces, Licurgo se
encerró en el templo de
Delfos y se dejó morir
de hambre. Sus leyes no
pudieron derogarse.

En la antigua Roma, las
novias se cubrían el
rostro con velos de
color amarillo, por
entonces el color de la
virginidad. A lo lardo
de la Edad Media, el
color dejó de ser
importante y lo básico
comenzaron a ser las
telas y los adornos
hasta que, en el siglo
XVIII, el blanco se
volvió el color
indiscutible del traje
nupcial... Siempre con
velo. Esta pieza siempre
fue clave. Tanto que, en
el siglo XI, la
ceremonia nupcial llegó
a llamarse "velambres" o
acto de colocación del
velo.
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