Los engaños del amor

 

 

   El amor engaña y se engaña, pues está siempre manifestándose de distintas maneras y es irrepetible. Uno nunca aprende en el amor, las experiencias sólo sirven para equivocarse continuamente, una y otra vez. El amante tropieza una y cinco veces en la misma piedra y luego coge la piedra y la tira contra su propio tejado.

   Quizá es que en el amor nunca se aprende nada. Yo no he aprendido al menos. Siempre, en todos mis amores, desde el primero hasta el último, he actuado con la flema del que cree en una felicidad perenne; o quizá no en una felicidad, pero sí en una situación estable: terrible a veces, dañina, recíprocamente destructora quizá, inconveniente, pero estable. Lo contrario me habría parecido una aventura. He confiado con firmeza en que aquel proyecto común, se realizara o no, no iba a agotarse; en que aquella relación, aunque decayese el sentimiento, no concluiría nunca. He sabido que insultaba con frecuencia, incluso que golpeaba, o ponía en tela de juicio, o llamaba idiota con todo mi rencor, a quien era para mí lo más querido de la creación. Y he confiado, equivocándome, en que, por mucho que yo lo malamase, jamás se separaría definitivamente de mi lado. Aunque a mi lado encontrara el infierno, y yo, al suyo, el inminente peligro de un derrumbadero. No me hallaba lo bastante convencido de que por la fuerza se consiguen muchas cosas, pero no otras. Se puede obtener que alguien coma, pero no que tenga hambre; que alguien siga cediéndosenos, pero no que nos siga amando; que alguien nos sea corporalmente fiel, pero no que deje de soñar con otra libertad o en otros besos.

 

 

 

 

 

 

Copyright©2005-2007 Gloria.

Todos los derechos reservados. Prohibida cualquier reproducción.