|
Cuando
sonó
el
despertador,
ella
ya
estaba
despierta.
Era
un
dormitorio
como
la
mayor
parte
de
los
dormitorios
llamados
principales
de
manera
abusiva,
en
un
piso
moderno
como
la
mayoría
de
los
pisos
modernos.
El
matrimonio
no
había
tenido
hijos,
por
lo
que
aquél
se
les
había
quedado
holgado
para
ellos
solos,
que
cada
día
ocupaban
menos
sitio.
«Somos
un
matrimonio
extremadamente
unido»,
contaba
él
a
sus
amigos,
que
eran
pocos.
Ambos
estaban
ya
en
la
cuarentena.
Ella
debió
de
haber
sido
una
real
hembra,
ahora
amortiguada
por
las
necesidades
y
por
las
conveniencias;
pero
aún
le
quedaba
un
par
de
ojos
espléndidos
de
un
color
que
él,
si
algún
día
hubiera
sabido
cómo
eran
esas
flores,
habría
comparado
al
de
las vicapervincas.
A
él
no
podía
calificársele
de
bajo
ni
de
grueso,
tampoco
de
alto
y
delgado:
era,
igual
que
el
dormitorio
y
el
piso,
como
la
mayor
parte
de
los
maridos.
Hacía
un
par
de
años
que
andaba
medio
deprimido
medio
desanimado.
No
se
encontraba
la
herida,
pero
tenía
la
sensación
de
que
por
dentro
le
manaba
la
sangre.
O
eso
comentaba
él.
Quizá
era
simplemente
que
había
fracasado
en
todo.
En
el
fondo,
era
una
suerte
que
no
tuviera
un
hijo
testigo
de
su
fracaso.
Aun
que
la
ausencia
del
hijo
formara
parte
también
de
ese
fracaso.
Y
la
perenne
tibieza
de
las
relaciones
con
sus
padres
y
sus
hermanos,
que
siempre
miraron
con
prevención,
incluso
con
antipatía,
a
su
mujer.
Y
su
carrera
en
el
banco,
que
prometía
ser
ascendente
y,
sin
saber
cómo,
se
había
desmochado.
O
quizá
sí
sabiéndolo:
él
no
servía
para
casi
nada.
Sin
ella,
atenta,
económica,
buena
administradora,
servicial
y
dinámica,
todo
se
habría
ido
mucho
antes
a
hacer
gárgaras.
Así
discurría
él,
mientras
se
secaba
sin
brío
con
la
toalla
después
de
la
ducha,
y
se
pasaba
el
peine
con
escaso
entusiasmo.
Ella
apareció
en
la
puerta
del
cuarto
de
baño.
-Date
en
la
cara
un
poco
de
after
shave,
Raúl,
o
se
te
secará
la
piel...
Y
péinate
mejor,
no
seas
zángano.
Era
la
primera
mañana
que
volvía
al
banco,
después
de
ocho
días
en
que
no
había
podido
tirar
de
su
cuerpo.
El
médico
del
seguro
afirmaba
que
era
psicológico.
«Cosa
de
los
nervios.»
«Pues
cúreme
usted
los
nervios»,
se
lamentaba
él
por
dentro.
Desconfiaba
del
médico
y
de
todo
el
sistema.
«Yo
sé
que
no
son
los
nervios.
Aquí
hay
algo
muy
grave.
Y
me
alegro
de
que
lo
haya.
Ya
no
quiero
seguir...»
-Anda,
déjame
por
lo
menos
que
te
peine
yo.
Quita
esa
mano...
Ay,
esta
raya,
Raúl,
que
parece
la
carretera
de
los
Caracolillos...
Así,
así,
hombre,
¿qué
dirán
de
ti,
si
no,
en
el
banco?
Después
de
una
semana
tienes
que
ir
bien
puesto.
Y
oliendo
a
flores...
Hala,
un
chorreoncito
de
colonia...
El
desayuno
está
ya
en
la
mesa.
Pero
vístete
antes.
Qué
vago
eres.
Venga,
siéntate
ahí,
que
estás
muy
guapo,
hombre.
Yo
te
ayudo.
Él
se
sentó
en
el
trípode
blanco.
Paula
le
estiró
un
calcetín;
luego
el
otro;
le
alargó
el
pantalón
de
un
traje
gris
rayado
levemente
en
rojo.
Una
camisa
rosa.
Se
la
abrochó.
Le
alargó
la
corbata,
también
con
rayas
rojas.
Él
se
la
puso
sin
ninguna
gana.
Paula
le
corrigió
el
nudo
y
la
enderezó
después
de
ponerle
la
chaqueta.
Con
un
cepillo
pequeño
le
limpió
bien
los
hombros,
el
cuello,
las
mangas...
-El
cinturón...
Fíjate
cómo
has
adelgazado,
Raúl.
Tienes
que
tomarte
en
serio
las
comidas.
Ni
una
puedes
dejar
pasar.
Es
el
segundo
agujero
que
pierdes:
te
estás
quedando
sin
cintura,
cariño...
Ahora,
a
desayunar.
Lo
acompañó
a
la
cocina,
en
cuya
mesa
estaba
dispuesto
el
café
con
leche.
Le
vertió
aceite
en
la
tostada
como
a
él
le
gustaba.
Le
sirvió
tres
cucharadas
de
azúcar
en
la
taza,
y
probó,
con
la
misma
cuchara,
después
de
darle
vueltas,
la
mezcla.
-A
comer.
Pero
todo,
¿eh?
-No
puedo,
Paula.
No
me
pasa
la
tostada.
-Si
no
puedes,
haz
un
poder,
que
estás
como
don
Tello
cuando
le
salió
el
vello
que,
por
cada
pelito,
daba
un
chillidito...
A
mí
no
me
vengas
con
sandeces,
Raúl.
Comer
no
es
un
trabajo,
qué
más
quisieran
muchos.
Pero
el
banco,
sí:
por
eso
tienes
que
estar
bien
alimentado...
No
te
vengas
abajo,
hombre,
por
Dios.
Lo
forzaba
casi
a
tragar.
Lo
distraía
hablándole
del
tiempo:
el
sol
brillaba
fuera,
tras
los
cristales
que
daban
a
la
minúscula
terraza,
después
de
un
nublado
que
duró
un
par
de
días.
-¿Y
tú
no
desayunas?
-Ya
lo
haré
luego,
cuando
te
vayas.
Si
me
distraigo
ahora,
eres
capaz
de
darme
esquinazo,
y
aprovechar
que
yo
como
para
no
comer
tú,
bandido...
Así,
despacito,
así.
-Si
no
fuera
por
ti...
-Tonterías.
-Eres
mi
salvación.
Eres
una
mujer
ejemplar.
Todo
el
mundo
me
envidia.
-Soy
tu
mujer
y
ya
está.
¿O
es
que
eso
te
parece
poco?
-Un
modelo,
un
verdadero
modelo.
Había
terminado,
más
o
menos,
la
ceremonia
de
desayunar,
que
Raúl
detestaba,
porque
enseguida
comenzaba
a
molestarle
el
estómago,
con acideces
y
con
espasmos.
-Si
no
fuera
por
ti...
Estaban
delante
de
la
consola
con
espejo
en
el
recibidor.
Se
miraba
él,
y
ella
lo
miraba
mirarse.
-Estás
muy
bien.
Que
entres
pisando
fuerte,
y
que
se
te
haga
corta
la
mañana.
-Adiós,
Paula.
Si
no
fuese...
-Por
mí,
ya
me
lo
has
dicho
-lo
interrumpió
ella-.
Adiós, bobo.
Se
besaron
con
suavidad
en
los
labios.
Paula
lo
acompañó
hasta
la
puerta.
Esperó
a
que
llegase
el
ascensor
y
a
que
Raúl
entrara
en
él.
Volvió
al
piso.
Cerró
la
puerta.
Se
dirigió
al
saloncito.
Tomó
el
teléfono
y
marcó
sin
vacilar
un
número.
Después
de
cuatro
timbrazos
oyó
una
voz
de
hombre.
-¿Sí?
-Ya
puedes
venir,
amor
mío.
Ese
imbécil
no
volverá
hasta
la
hora
de
comer.
No
tardes.
Te
quiero. |