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La
procesión del entierro en
las calles de la ciudad es
ominosamente patética.
Detrás del carro que lleva
el cadáver, va el autobús, o
los autobuses negros, con
los dolientes, familiares y
amigos. Las dos o tres
personas llorosas, a quienes
de verdad les duele, son
ultrajadas por los cláxones
vecinos, por los gritos de
los voceadores, por las
risas de los transeúntes,
por la terrible indiferencia
del mundo. La carroza
avanza, se detiene, acelera
de nuevo, y uno piensa que
hasta los muertos tienen que
respetar las señales de
tránsito. Es un entierro
urbano, decente y expedito.
No tiene la solemnidad ni la
ternura del entierro en
provincia. Una vez vi a un
campesino llevando sobre los
hombros una caja pequeña y
blanca. Era una niña, tal
vez su hija. Detrás de él no
iba nadie, ni siquiera una
de esas vecinas que se echan
el rebozo sobre la cara y se
ponen serias, como si
pensaran en la muerte. El
campesino iba solo, a media
calle, apretado el sombrero
con una de las manos sobre
la caja blanca. Al llegar al
centro de la población iban
cuatro carros detrás de él,
cuatro carros de
desconocidos que no se
habían atrevido a pasarlo.
Es claro que no quiero que
me entierren. Pero si algún
día ha de ser, prefiero que
me encierren en el sótano de
la casa, a ir muerto por las
calles de Dios sin que nadie
se dé cuenta de mí. Porque
si amo profundamente esta
maravillosa indiferencia del
mundo hacia mi vida, deseo
también fervorosamente que
mi cadáver sea respetado.
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