De los cientos de muertes que me habitan,

ésta de hoy es la que menos sangra.

Es la muerte que viene con las tardes,

cuando las sombras pálidas se alargan,

y los contornos se derrumban,

y se perfilan las montañas.

 

 

Entonces alguien pasa pregonando

su mercancía bajo la ventana,

a la que yo me asomo para ver

las últimas farolas apagadas.

 

 

Por la ceniza de las calles cruzan

sombras sin dejar huellas, hombres que pasan,

que no vienen a mí ni en mí se quedan,

a cuestas con su alma solitaria.

 

 

La luz del día huye hacia el oeste.

El aire de la noche se adelanta,

y nos llega un temor agrio y confuso,

casi dolor, apenas esperanza.

 

 

Todo lo que me unía con la vida

deja de ser unión, se hace distancia,

se aleja más, al fin desaparece,

y muerto soy.

 

         …y nadie me levanta.

 

 

 

 

 

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