Y ahora,

con el alma vacía como tantas

veces,

contemplo el lento paso de los días

que me empujan no sé hacia qué destino

oscuro, presentido

ya sin curiosidad. Es aburrido

saber y no saber, equivocarse

y acertar. También estar seguro

es tan insoportable en muchos casos

como dudar, como ceder, como desmoronarse.

 

 

Seguro, a salvo, ahora

que ya pasó el dolor,

observo la zozobra lo mismo que una estela

fundida a mis espaldas

con el espeso limo

de los sucesos cotidianos, dados

-antes de ser recuerdos- al olvido.

La indiferencia ante la propia suerte

no es mejor compañera que la angustia,

ni mi sonrisa

(cuando el azar nos pone,

viejo amor,

frente a frente)

representa otra cosa que la ausencia

de algún gesto más justo

para significar la seca, dolorosa,

irreparable pérdida del llanto.

 

 

 

 

 

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